San Miguel de Cozumel
Llegamos en el ferry desde Playa del Carmen, acompañados por una simpática familia mejicana que nos puso conversación durante toda la travesía.

Nada más desembarcar, a la salida del puerto, los vendedores de recuerdos, de comida, excursiones y alquileres de vehículos se suceden a ambos lados del paseo aunque, eso sí, no son tan insistentes como en otros países que hemos visitado.

Caminamos un rato escuchando ofertas hasta que llegamos cerca de la pequeña y tranquila iglesia de la localidad. Están en mitad de la misa, los ventiladores a pleno rendimiento ya que aquí los días son siempre cálidos.

Desde la esquina, en diagonal, nos lanzan la oferta más barata del paseo y decidimos no perder más tiempo, hacer el contrato y coger una pequeña scooter que será nuestra facilitadora para descubrir la isla a nuestro aire.
Mezcalitos
Callejeamos unas cuantas manzanas (cuadras, que dicen por estas tierras) hasta que dejamos atrás el centro de la ciudad.

Una larga recta de varios kilómetros nos va sacando, poco a poco, de las últimas construcciones que se asoman a la carretera rodeadas de cada vez más espesa vegetación.

Al fin nos topamos con la costa en el extremo opuesto a nuestro punto de partida. Nos encontramos frente al mar abierto y, aunque se trata de una magnífica costa virgen, el sargazo (acumulación de algas) la hace muy desagradable para el baño en estos días.

Como no hay mal que por bien no venga, lo positivo es que a penas hay gente en la zona y podemos parar, pasear y disfrutar del día sin interferencia alguna.

Punta Morena
Seguimos la carretera adelante, tampoco es que se pueda ir a otro lado distinto, dado que el interior de la isla es una densa selva sin a penas caminos que la interrumpan. Llegamos al mirador Chumul de madera que se eleva sobre la playa de finísima arena blanca. Contemplamos el solitario paisaje y continuamos hasta un área algo más animado.

Algunas familias locales se bañan con sus niños entre las escolleras de un recoveco de costa que a quedado un poco, no del todo, a salvo del sargazo.

Aquí, las playas más paradisiacas y las que se mantienen limpias son privadas y hay que pagar una entrada nada barata para la economía local.

Nos quedamos un rato hablando con un jubilado de la zona que ha bajado a pasar el día a la playa. No tiene prisa ni trastos de baño, tan solo una vieja silla y la compañía de una mujer algo más joven que él, de simpática sonrisa y pocas palabras.

Entre las muchas cosas de las que nos habla, incluyendo su militante simpatía política por la actual presidenta y las diferencias entre el ayer y el ahora de Cozumel, nos invita a visitar El Cedral.
El Cedral
Dicho y hecho, continuamos por la costa hasta llegar a un pórtico que da entrada la una larga recta que se adentra en el interior de la isla. Continuamos unos kilómetros hasta llegar a una garita con barrera donde una muchacha nos informa que para acceder a la localidad hay que pagar entrada. La comentamos que solo queremos ver la plaza, tomar un refresco y continuar viaje, a lo que nos recomienda que, dado que el pago del acceso es ineludible, nos disuade del plan ya que «es domingo, día feriado, y todo está cerrado».

Una de las cosas que venimos observando en México es que muchas de los lugares que en la mayoría de los países observamos como espacios de acceso libre, aquí conllevan un pago.
Playa de San Francisco
Es mediodía, hace mucho calor y necesitamos refrescarnos y comer. Consulto en el navegador y veo que acabamos de pasar uno de los clubs de playa que nos habían aconsejado. Damos media vuelta y hacia allá vamos.

En este, a cambio de hacer un consumo mínimo de comida y bebida, te eximen de abonar la entrada. Para nosotros es perfecto, en cualquier caso teníamos que parar a comer y en este lugar podremos relajarnos y dejar nuestras cosas a buen recaudo mientras nos bañamos.

El recinto tiene una sencilla pero agradable piscina donde unas pocas chiquillas, hijas de los empleados, disfrutan del agua. Nos distraemos hablando con las niñas mientras nos preparan la comida y, una vez todo está dispuesto, nos sentamos a comer.
De la mesa nos levantamos y de nuevo volvemos al agua. El día es muy caluroso y, además, antes de ir a la playa pensamos en dejar nuestras pertenencias al cuidado de las pizpiretas muchachas.

La playa es un verdadero paraíso. El agua está delicioso y muy animado de familias charlando y jugando animadamente. Antes de que se nos escape la tarde decidimos continuar camino para completar la vuelta a la isla.
El malecón de San Miguel.
Poco rato después estamos entrando por el lado contrario del que partimos de la localidad. Un largo malecón de varios kilómetros, pero con escasa playa, se suceden hasta llegar al puerto.

En algunos arenales se acinan para el baño las personas más humildes. Hay griterío de chavales, gente bebiendo cervezas, música y muchas pequeñas motos llegando y saliendo como si de un avispero se tratara.

De cuando en cuando, un bonito mirador interrumpe las balaustradas del paseo. Seguimos recorriendo la costa hasta llegar al aeródromo, una base militar con uso civil.

Más adelante, algunas tranquilas zonas residenciales se van sucediendo hasta adentrarse de nuevo en la densa vegetación.
Camino de Isla Pasión
Una sencilla y solitaria carretera se adentra entre arboledas y ciénagas camino de este alejado enclave. El atardecer ha comenzado y se nos echa la hora encima para devolver la scooter. Antes, tenemos que encontrar una gasolinera, que aquí no abundan, y llenar el depósito.

Nos damos la vuelta y regresamos para hacer las tareas pendiente y devolver nuestra montura. La noche ya ha caído y el centro de San Miguel se ha llenado de gente que aguardando una actuación musical de folclore.

Nosotros callejeamos por la animada plaza a la espera del último ferry que nos devolverá a nuestro hotel en Playa del Carmen.

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