El Emperador Teodosio I el Grande

El Emperador de origen Hispano, nacido en Cauca (la actual Coca, en Segovia, España) era un curtido general romano, de creencias cristianas de sólidas convicciones niceas. Una vez alcanzado el poder del Imperio Oriental tras la muerte de su antecesor, Valente , promulgó el Edicto de Tesalónica (28 de febrero de 380 d.C.) proclamando el cristianismo niceno como única religión oficial del imperio, que habría de llamarse <<católica>> , es decir, universal.

La puerta de la Muralla Romana
La puerta de la Muralla Romana

Son dos las facetas que hacen de este emperador uno de los sobresaliente en la historia de Roma: El último en gobernar la totalidad del orbe romano y el que convierte al catolicismo en la religión del Imperio.

Las guerras religiosas.

Los 10 años siguientes a la promulgación del edicto fueron tiempos de continua lucha entre arrianos y nicenos, involucrando indirectamente también al paganismo. Ya desde tiempos de Graciano los paganos habían perdido la protección del estado y era victimas de la persecución por parte de las distintas corrientes cristianas.

El choque religioso entre cristianos se salda con la victoria de la fe nicena y el gran desarrollo de las comunidades monásticas rurales, las cuales ejercen una labor de eliminación del paganismo en las zonas rurales, más asentado que en las urbanas. Un ejemplo de esta pujanza monástica la encarna el galo Martín de Tours: un soldado que pasó por diferentes experiencias monásticas hasta alcanzar el Obispado.

En oriente (las actuales Siria y Egipto) fue donde el movimiento monástico alcanzó mayor fuerza. Inicialmente favorecidos por el poder imperial de Teodosio, la violencia que se desató contra el paganismo por obra de cargos imperiales como Cinegio, llevaron a los territorios a tal tensión y riesgo que el mismo poder imperial se vio amenazado por el empoderamiento que cada vez más adquiría la iglesia. En respuesta, Teodosio decide ordenar que los monjes se retirasen a los desiertos y se mantuvieran alejados de las ciudades.

El legado político.

El general Teodosio I accede al trono tras la muerte del Emperador Valente en la batalla de Adrianópolis, en las llanuras al noroeste de la ciudad romana de la actual Edirne (Turquía europea) contra los Godos el 9 de agosto de 379 d.C.

Monumento a Teodosio el Grande
Monumento a Teodosio el Grande

Como se ha descrito con anterioridad, su marcada política religiosa, del lado de un pujante cristianismo que había ganado ya prácticamente la batalla cultural y social del orbe romano, es uno de los dos pilares sobre los que se asienta el paso a la inmortalidad de este Emperador. El otro, no menos potente, es el de ser el último de los gobernantes que ejerció su poder sobre las dos grandes mitades en que se había convertido el mundo romano: el Imperio de Oriente con capital en Constantinopla, y el de Occidente con capitales en Roma y Rávena.

Ambas mitades, ya desde tiempo atrás, muy diferenciadas y con intereses incluso contrapuestos, fueron gobernadas con inteligencia por Teodosio, quedando ya definitivamente repartidas, divididas, entre sus dos hijos y herederos, Honorio (en Occidente) y Arcadio (en Oriente) a su muerte en el 395 d.C.

La supervivencia del Imperio de Occidente fue corta, acosado como se encontraba por la presión de las tribus bárbaras, la nefasta situación económica y la pérdida del control efectivo de grandes regiones como Hispania, Galia, Britania y los propios territorios Itálicos. En 410 d.C.  Alarico saquearía Roma y aunque no se puede determinar que ese sea el punto y final del Imperio de forma efectiva, supone al menos el principio de un fin que no está taxativamente determinado.

El imperio Oriental, mucho más rico ya en ese tiempo, sabe establecer una política de negociación con los bárbaros que alejaría la presión de sus fronteras y en gran medida dirigirla sobre su imperio hermano de occidente. Este lado del mundo romano permanecería cerca de un milenio más hasta la caída de Constantinopla, la actual Estambul,  arrasada por los Otomanos.

Notas

El Concilio de Nicea, en el año 325, preconizó la unión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en contraposición con lo sostenido por otras corrientes cristianas del momento como el Arrianismo, muy importante en el orbe romano en ese tiempo. Los seguidores del presbítero Arrio, negaban a Jesucristo la naturaleza divina.

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