Ruta desde Pirineos a Carcasona

Desde los Pirineos Españoles hasta Carcasona

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A mediados de septiembre tomando como punto de partida el fronterizo pueblo de Formigal, en el alto Pirineo Aragonés, comienzo un viaje al mítico enclave cátaro de Carcassona

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Toda la comarca aragonesa, con sus verdes valles, pueblos de piedra y picos escarpados es un bellísimo lugar desde donde dar comienzo.

Salgo del Valle de Tena, al medio día, sin prisa alguna, escalando alegremente las últimas pendientes del territorio español hacia la estación invernal de Formigal Sextas donde paro a tomar unas últimas fotos antes de encaminarme hacia la frontera.

 

carcasona_03pA unos pocos kilómetros se alcanza el paso fronterizo del Portalet. Allí hago la habitual parada para fotografiar este hito que marca mi salida de España. Aprovecho además para contestar los mensajes pendientes de leer de las RRSS y para llamar a los míos antes de abandonar la cobertura telefónica nacional. Después, la cosa sería más cara.

 

 

Tras dejar a espaldas la frontera comienza un vertiginoso descenso por la vertiente francesa.

Lcarcasona_04pos primeros kilómetros trascurren entre montañas peladas e inmensas. Un paisaje abrupto, sin apenas vegetación, de grandes rocas desprendidas y ocasionales torrentes que parecen improvisar su cauce. Transcurrida menos de una decena comienzan a parecer torrentes algo mas caudalosos y una vegetación cada vez más frondosa hasta prácticamente ahogar la serpenteante carretera.

La luz del sol apenas alcanza el camino y unido esto a la humedad proporcionada por el abundante agua de los ríos y pequeñas presas que jalonan el camino transmiten una sensación de belleza lúgubre a los pequeños pueblos que voy atravesando. Poco a poco comienzo a sentir frío, por más que el día era cálido en la cumbre. No obstante, es una dulzura conducir por esta estrecha carretera formada por miles de curvas y sin apenas tráfico. Además, lo que es mejor, cada vez que alcanzo algún coche, este me facilita cortésmente el adelantamiento llegando al extremo de orillarse y prácticamente detenerse para favorecer mi adelantamiento.

carcasona_05pAl llegar al pueblo de Athas el paisaje cambia por completo. Comienzo a atravesar valles abiertos y suaves colinas con praderas maravillosamente verdes que nada tienen que envidiar a un inmenso jardín. La carretera es estrecha pero el firme es magnífico y el trafico escaso. Se convierte en una delicia rodar y parar aquí o allá a tomar fotos. Poco a poco la tarde va cayendo distraidamente sobre mí mientras me voy acercando a Lourdes.

Con los últimos rayos de luz alcanzo el centro de la ciudad, famosa mundialmente como punto de peregrinación por las apariciones de La Virgen y sus impresionantes templos Católicos.

Me dirijo al sencillo y barato hotel que he encontrado. La dueña es simpática, me proporciona un pequeño espacio para guardar mi moto en un patio interior cerrado con llave. Me instalo en la habitación, me doy una ducha y salgo a buscar un lugar donde cenar. Estoy feliz de la jornada vivida. En días como el de hoy, viajar en moto es un disfrute maravilloso. He sentido frío y calor, he visto altas montañas y verdes valles, he atravesado ciudades grandes y pueblos tranquilos. He conducido, fotografiado, comido y descansado cuanto y cuando me ha dado la gana… ¿Que más se puede pedir?

 

De Lourdes a Carcasona

Tras un agradable desayuno me pongo en marcha. Los primeros kilómetros por el extrarradio de Lourdes me resultan extenuantes. La mañana es calurosa y el tráfico muy denso. Cada centenar de metros concluye en una rotonda o un semáforo, o ambos. Poco a poco voy dejando atrás este suplicio y comienzo a vagar perdido por la campiña francesa. Las señalizaciones convencionales no son nada comprensibles pero poco me importa porque estoy disfrutando como un niño con el viaje. Lentamente el día va devorando las horas y me veo obligado a pedir amparo en un estanco, que resulta ser regentado por un simpatiquísimo andorrano que me explica como volver a la ruta correcta, sugiriéndome eso si, tomar una carretera secundaria muchísimo más interesante.  Así llego a la periferia de Toulouse, donde el infernal tráfico y las extravagantes medidas de fomento del transporte público me encierran en una ratonera insufrible que me retiene más de una hora para avanzar escasamente unos kilómetros. carcasona_06p

Cuando al fin consigo dejar atrás este despropósito de ciudad, de nuevo vuelvo transitar por la agradable campiña pero a estas alturas el calor me hace empezar a impacientarme y desear alcanzar ya la ciudad de destino. Gracias a Dios aprieto un poco el puño de mi CBR y en un corto rato me encuentro fotografiándome junto a la señal de entrada de la histórica ciudad.

 

El casco antiguo de Carcassona me resulta deprimente. Cuenta con un buen número de edificios y templos de gran valor, pero en un estado de conservación lamentable.

carcasona_07pLos negocios y tiendas están ruinosos y la mayoría de locales hace tiempo que cerraron. Más parece que estuviera atravesando una decadente ciudad norteafricana que una turística ciudad francesa.

Entro en la Iglesia de San Vicente que me parece hermosísima, muy rica artísticamente hablando, e inmensa, pero se encuentra en un estado de conservación vergonzoso. Un simpático empleado de turismo me cuenta la historia del templo en un muy buen castellano y me entrega un plano de la ciudad. Gracias a el encuentro con facilidad el emplazamiento de la Ciudadela Medieval, al otro lado del río. Hacia allá me dirijo.

carcasona_08pCuando llego a sus pies me resulta literalmente abrumadora, inmensa, brutal, ¡y muy bella!.

Subo hasta la puerta de acceso y aparco mi moto junto a ella. Atravieso sus murallas y tengo la sensación de entrar en otro mundo, eso sí abarrotado, pero delicadamente cuidado y engalanado.

 

 

 

carcasona_09pEl interior está lleno de lujosas tienda y preciosos bares y restaurantes. Todo está muy bien mantenido y hermoso. Tan solo la masificación de sus estrechas calles ensombrece la que, por otra parte, es una impresionante ciudad medieval.

Empleo varias horas en perderme por sus distintos rincones fotografiando lo más que puedo. ¡Es magnífica! Pero empiezo a hacer tarde. Estamos mediando septiembre y, aunque aun los días son largos, pronto empezará a decaer la luz.

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Cuando la tarde comienza su declinar se levanta un repentino vendaval. Aunque el sol sigue brillando, no me da ninguna buena sensación así es que me encamino todo lo rápido que puedo hacia el aparcamiento donde mi montura me espera. Organizo con diligencia mis pertrechos, doy un fugaz repaso al mapa de carreteras y sin más dilación me pongo en marcha tan ligero como soy capaz.

Tal y como se anunciaba, el día concluye con una tormenta veraniega que por suerte consigo dejar atrás entre gotas sueltas de agua. Al cabo de unos kilómetros estoy ya encaminado en dirección a la costa.

Atrás queda una ciudad mágica e imprescindible. Un destino que se presta a cualquier posibilidad. Bella, histórica, misteriosa, fascinante, abrumadora…. son muchos los apelativos que se la pueden aplicar. Si el destino me lo permite, volveré a visitarla con más calma algún día.

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Pero hoy dormiré ya junto al mar.

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